Entre todos estos personajes, muchos pasan desapercibidos al lado de otros compañeros más extravagantes. Uno de ellos es un niño, el cual no destacaría de otros que se encontraban más al fondo si no fuera por sus enormes ojos grises. Suspirando, comienza a narrar su historia para quien quiera escucharla, una historia que debió haber inventado un hombre que murió demasiado joven para darle vida...
Imagina que a través de tu ventana puedes ver un bosque. Ese bosque tiene un río. Es de noche y se pueden ver claramente las estrellas y la luna llena que se reflejan en él, curiosamente más tranquilo de lo habitual. Alejándonos unos metros del río podemos ver una casita de madera que pertenece a un guardabosques, el cual está siendo testigo del que será el día más feliz y el más triste de su vida. Su mujer está de parto y el médico no llegará a tiempo, sólo puede rezar para que todo salga bien. Pero no es tonto, y sabe que su mujer está demasiado débil para soportar la noche entera sin los cuidados precisos del profesional. Sin embargo, sus oraciones son escuchadas y pronto tiene a su hijo en brazos, justo en el momento en que su mujer deja de respirar. Sólo el llanto del bebé consigue apartar la mirada del viudo de su esposa. Sabe lo que tiene que hacer, así que lleva con cuidado al pequeño hacia el río y lo limpia en el agua cristalina para evitar que enferme. Al cubrirlo con una toalla limpia, el bebé abre los ojos y el padre se queda asombrado, pues parece que la luna haya dejado de reflejarse en el río para hacerlo en los ojos de su hijo, de un color gris tan brillante y vivo como el de la luna llena que los vigilaba esa noche.
El guardabosques vive durante ocho años pendiente de los cuidados de su hijo y de su educación, pero en cuanto este puede valerse por sí mismo, al no necesitar estar vigilándolo tan de cerca, sucumbe a la pena que había estado intentando mantener a raya desde el momento del nacimiento del bebé. No tarda más de unas semanas en morir. El niño, solo, siente que ese ya no es su hogar y decide irse al bosque, donde su padre le enseñó todo lo que sabía, convirtiéndose por herencia en el nuevo guardabosques...
"¿Y ahí acaba la historia?", os preguntaréis. No, sería demasiado cruel dejar a nuestro protagonista solo... o casi solo, ¿no creéis?. Durante unos meses, la luna fue su única compañera por las noches, y cuando estaba llena, le guiaba de vuelta al río donde nació para poder encontrarse con su reflejo en los ojos del niño. Una de esas noches, caminaban junto al río cuando el pequeño oyó un llanto suave y tímido, que siguió guiado por su fiel compañera hasta que dio con un claro en el bosque que ya conocía. A los pies de un árbol, una niña con una melena ondulada de color castaño, lloraba desconsolada. El niño, que nunca en su vida había visto a nadie más que a su padre y las fotografías de su madre, se acercó con cautela a la niña y le tocó el hombro con precaución. La pequeña se sobresaltó e intentó levantarse para huir, pero su tobillo lesionado le impidió ponerse en pie y siguió en el suelo llorando sin apartar los ojos del niño. Como si de un animal herido se tratase, el joven guardabosques la tranquilizó susurrándole palabras de consuelo mientras la curaba y le vendaba el tobillo para que pudiera caminar.
Una vez libre del dolor, la niña dejó de llorar mostrando unos enrojecidos ojos verdes azulados y le dedicó una tímida sonrisa de gratitud a su salvador. Justo en ese momento, la luna llena lanzó su hechizo e hizo que la sonrisa de la pequeña se fundiera con los ojos del niño haciendo que quedaran unidos para siempre. La niña se incorporó y le dio un beso en la mejilla al jovencito mientras él le tomaba la mano y, siguiendo a la luna, la guiaba hacia el río, junto al que había un sendero que le permitiría volver a casa. Así se lo indicó el niño de ojos plateados a su compañera, que se despidió con otro tímido beso que hizo sonrojarse a nuestro pequeño guardabosques, el cual se quedó observándola mientras se alejaba en dirección a la linde del bosque. Ambos siguieron iluminados por la luna llena hasta que ésta perdió su brillo para dejar paso a un impaciente y cálido sol.
No sería la última vez que se vieran ni su único encuentro bajo la luna llena. Pero esa es otra historia, y sus protagonistas, otros personajes.
No hay comentarios:
Publicar un comentario