Una chica con un gorro de nieve y muy abrigada que escuchaba la historia de la extraña Cenicienta se sobresalta al oír la palabra "cristal". Unos pocos personajes que estaban pegados a ella la miran con las mismas preguntas en la mente: "¿Quién eres? ¿Cuál es tu historia?". La joven se llevó una mano al pecho y la cerró en un puño. Con una voz clara y suave, comenzó a contar la vida que debería haberle dado una famosa escritora que olvidó el placer de los pequeños relatos tras sus dos últimas novelas de éxito...
En algún valle perdido en medio de alguna sierra apartada, una gruesa capa de nieve envuelve el paisaje dejándolo de un blanco liso, en el que apenas se distinguen dos o tres árboles desnudos y pequeñas partes inestables de las grises laderas de las montañas, donde no puede acumularse la nieve. Acercándonos un poco más podemos ver un pequeño bulto azul que tiembla en el centro del valle. Hace un movimiento brusco y de pronto aparece una chica muy abrigada. El bulto azul resulta ser su gorro, a juego con su bufanda. El resto de la ropa que la envuelve es de color negro, incluyendo los guantes de cuero y las botas altas hechas del mismo material. Pero todo ese abrigo no es suficiente para resguardarla del frío del duro invierno. Sabe que si no se mueve morirá congelada, pero está demasiado agotada para seguir y no conoce el camino de vuelta a casa. Tampoco quiere volver a casa. ¿Qué puede hacer? La chica se levanta trabajosamente, temblando, y camina un par de pasos antes de volver a caer rendida al suelo. Se sienta rodeando sus piernas con los brazos y oculta la cara apenas visible en el hueco que queda entre su torso y sus rodillas. Aunque quisiera volver no podría. Muy a su pesar, rememora la última escena que vivió en su hogar, siquiera para evitar sucumbir al peligroso sueño que el frío le provoca. Su padre enfurecido, a su lado su madre al borde de las lágrimas; su hermano mayor, su confidente, con el rostro impasible, evitando mirarla, observando cómo su perro labrador mira apaciblemente el fuego de la chimenea, como si quisiera permanecer fuera de la escena. Ella saliendo abrigo en mano y dando un portazo tras el que se oyó algo de porcelana estrellándose contra la puerta. Ella corriendo en dirección al bosque. Ella abandonando el bosque y dejando atrás la cascada. Su cascada. Ella perdiéndose en el bosque y dando vueltas sin sentido. Ella, siempre ella... Hasta ahora nunca había importado lo que hiciera, siempre la defendían. Pero aquello era distinto. Era “ir en contra de las normas”. Soltó una carcajada amarga y sonrió al recordar otros momentos más felices que le trajo el recuerdo de aquella frase. Él y ella encontrándose al lado de la cascada en el bosque tras haberse perdido. Él y ella presentándose. Él y ella hablando y riendo. Él regalándole una flor y diciendo que la amaba bajo la cascada. Ellos besándose bajo la misma cascada. Ellos jurándose amor eterno bajo su cascada. Él regalándole el colgante de cristal prometiendo que siempre estarían juntos. Ellos sorprendidos en la cascada por sus familias y segundos después por sus respectivos pueblos. Ellos siendo separados. Y finalmente, la discusión.
Se llevó una temblorosa mano al pecho, donde debajo del abrigo aún seguía el colgante en forma de lobo, quemándole y evitando que los latidos de su corazón cesaran. “Te protegerá”, había dicho él. Ahora que se sentía perdida, cada palabra y cada instante junto a él aparecían con más claridad que nunca en su mente, y parecían más que nunca un sueño muy lejano. Decidió que era hora de continuar con ese sueño, esta vez para siempre, y cerró los ojos lentamente. Pero apenas los había cerrado cuando oyó un cálido sonido detrás de ella que la asustó. Se dio la vuelta y allí estaba: un lobo gris, aullando al cielo y llamando a su manada. Ahora sí que estaba perdida. Los lobos ni siquiera esperarían a que el frío acabara con ella. Se quedó paralizada, observando al lobo con pánico y esperando ver aparecer a varios más detrás de él. Pero no sucedió nada. El animal se sentó en la nieve mirando a la chica, como esperando a que hiciese algo. Tras unos minutos, el lobo se puso en pie de nuevo y se acercó a ella sin dejar de observarla, mientras ésta temblaba aún más por el miedo, si es que eso era posible. Para sorpresa de la chica, el lobo agarró con los dientes la manga del abrigo que tenía libre y tiró de ella suavemente, pero con la suficiente fuerza como para ayudarla a levantarse. La joven respondió al gesto y se puso en pie con esfuerzo. Acto seguido, el lobo comenzó a caminar lentamente en sentido contrario al que había caminado antes la chica para llegar hasta donde estaba, y ésta; asombrada tanto por el comportamiento del lobo como del suyo propio; le siguió sin acercarse demasiado, aunque cada vez que caía de nuevo el animal esperaba hasta que podía ponerse en pie y entonces proseguía su camino. Cuando llegaron al bosque de nuevo, el trayecto fue más fácil ya que la chica podía apoyarse en los árboles y la nieve era menos espesa allí. Tras un largo rato caminando, el lobo se paró de repente, orientando las orejas hacia delante. La joven también se detuvo a unos metros de él y esperó, nerviosa. Unos segundos más tarde, su guía le echó un último vistazo mirándola a los ojos y sin previo aviso, se fue corriendo perdiéndose entre los árboles del bosque. “¡Eh, espera!”, trató de decir la chica, pero no pudo mover los labios debido al frío y no emitió sonido alguno. Pensando en que aquello había sido una pérdida de tiempo, desesperada, se dejó caer de rodillas en el suelo. Se sorprendió al notar que el suelo estaba más duro allí, donde se suponía que la nieve volvía a ser algo más espesa. Apartó la nieve del suelo con las manos y descubrió un suelo de hielo. Estaba sobre el río. Lo siguió arrastrando los pies para no perder el rastro del camino de hielo y buscando a tientas lo que sabía que encontraría tarde o temprano, hasta que por fin sus manos chocaron con algo tan duro como el camino que pisaba. Sonrió llena de felicidad y renovadas esperanzas y trató de rodear la cascada congelada para buscar el hueco que había tras ella, pero temblaba demasiado para tantear bien con las manos. Apenas había dado un par de pasos nerviosos cuando una mano cubierta con un guante de cuero marrón agarró la suya y la arrastró hacia el hueco que buscaba. En la seguridad de su escondite, pudo ver con claridad el rostro que no había desaparecido de su mente desde que le habían separado de él, y cuando fue a besarlo, de nuevo la mano de guante marrón la detuvo y le señaló la pared interior de la cascada congelada. Grabado en el hielo con algo afilado, tal vez un cuchillo o una navaja, había un corazón rodeando las iniciales de ambos y una flecha atravesándolo. Debajo, una inscripción: “Ni las frías guerras ni el duro invierno, podrán congelar el amor eterno ni los ardientes corazones de los lobos.”
Tras leer esa frase, los amantes pudieron volver a besarse y estar juntos al fin, y esta vez, nadie volvió a separarlos, pues huyeron a un pueblecito que se encontraba unos kilómetros más al norte, neutral y pacífico que convivía tranquilamente con las manadas de lobos que lo protegían, donde fueron bien recibidos y donde vivieron felices hasta el fin de sus días.
Tal vez penséis que es un final demasiado feliz e irreal, pero escasean en la realidad y la lectura es para evadirse de ella, ¿no?
En algún valle perdido en medio de alguna sierra apartada, una gruesa capa de nieve envuelve el paisaje dejándolo de un blanco liso, en el que apenas se distinguen dos o tres árboles desnudos y pequeñas partes inestables de las grises laderas de las montañas, donde no puede acumularse la nieve. Acercándonos un poco más podemos ver un pequeño bulto azul que tiembla en el centro del valle. Hace un movimiento brusco y de pronto aparece una chica muy abrigada. El bulto azul resulta ser su gorro, a juego con su bufanda. El resto de la ropa que la envuelve es de color negro, incluyendo los guantes de cuero y las botas altas hechas del mismo material. Pero todo ese abrigo no es suficiente para resguardarla del frío del duro invierno. Sabe que si no se mueve morirá congelada, pero está demasiado agotada para seguir y no conoce el camino de vuelta a casa. Tampoco quiere volver a casa. ¿Qué puede hacer? La chica se levanta trabajosamente, temblando, y camina un par de pasos antes de volver a caer rendida al suelo. Se sienta rodeando sus piernas con los brazos y oculta la cara apenas visible en el hueco que queda entre su torso y sus rodillas. Aunque quisiera volver no podría. Muy a su pesar, rememora la última escena que vivió en su hogar, siquiera para evitar sucumbir al peligroso sueño que el frío le provoca. Su padre enfurecido, a su lado su madre al borde de las lágrimas; su hermano mayor, su confidente, con el rostro impasible, evitando mirarla, observando cómo su perro labrador mira apaciblemente el fuego de la chimenea, como si quisiera permanecer fuera de la escena. Ella saliendo abrigo en mano y dando un portazo tras el que se oyó algo de porcelana estrellándose contra la puerta. Ella corriendo en dirección al bosque. Ella abandonando el bosque y dejando atrás la cascada. Su cascada. Ella perdiéndose en el bosque y dando vueltas sin sentido. Ella, siempre ella... Hasta ahora nunca había importado lo que hiciera, siempre la defendían. Pero aquello era distinto. Era “ir en contra de las normas”. Soltó una carcajada amarga y sonrió al recordar otros momentos más felices que le trajo el recuerdo de aquella frase. Él y ella encontrándose al lado de la cascada en el bosque tras haberse perdido. Él y ella presentándose. Él y ella hablando y riendo. Él regalándole una flor y diciendo que la amaba bajo la cascada. Ellos besándose bajo la misma cascada. Ellos jurándose amor eterno bajo su cascada. Él regalándole el colgante de cristal prometiendo que siempre estarían juntos. Ellos sorprendidos en la cascada por sus familias y segundos después por sus respectivos pueblos. Ellos siendo separados. Y finalmente, la discusión.
Se llevó una temblorosa mano al pecho, donde debajo del abrigo aún seguía el colgante en forma de lobo, quemándole y evitando que los latidos de su corazón cesaran. “Te protegerá”, había dicho él. Ahora que se sentía perdida, cada palabra y cada instante junto a él aparecían con más claridad que nunca en su mente, y parecían más que nunca un sueño muy lejano. Decidió que era hora de continuar con ese sueño, esta vez para siempre, y cerró los ojos lentamente. Pero apenas los había cerrado cuando oyó un cálido sonido detrás de ella que la asustó. Se dio la vuelta y allí estaba: un lobo gris, aullando al cielo y llamando a su manada. Ahora sí que estaba perdida. Los lobos ni siquiera esperarían a que el frío acabara con ella. Se quedó paralizada, observando al lobo con pánico y esperando ver aparecer a varios más detrás de él. Pero no sucedió nada. El animal se sentó en la nieve mirando a la chica, como esperando a que hiciese algo. Tras unos minutos, el lobo se puso en pie de nuevo y se acercó a ella sin dejar de observarla, mientras ésta temblaba aún más por el miedo, si es que eso era posible. Para sorpresa de la chica, el lobo agarró con los dientes la manga del abrigo que tenía libre y tiró de ella suavemente, pero con la suficiente fuerza como para ayudarla a levantarse. La joven respondió al gesto y se puso en pie con esfuerzo. Acto seguido, el lobo comenzó a caminar lentamente en sentido contrario al que había caminado antes la chica para llegar hasta donde estaba, y ésta; asombrada tanto por el comportamiento del lobo como del suyo propio; le siguió sin acercarse demasiado, aunque cada vez que caía de nuevo el animal esperaba hasta que podía ponerse en pie y entonces proseguía su camino. Cuando llegaron al bosque de nuevo, el trayecto fue más fácil ya que la chica podía apoyarse en los árboles y la nieve era menos espesa allí. Tras un largo rato caminando, el lobo se paró de repente, orientando las orejas hacia delante. La joven también se detuvo a unos metros de él y esperó, nerviosa. Unos segundos más tarde, su guía le echó un último vistazo mirándola a los ojos y sin previo aviso, se fue corriendo perdiéndose entre los árboles del bosque. “¡Eh, espera!”, trató de decir la chica, pero no pudo mover los labios debido al frío y no emitió sonido alguno. Pensando en que aquello había sido una pérdida de tiempo, desesperada, se dejó caer de rodillas en el suelo. Se sorprendió al notar que el suelo estaba más duro allí, donde se suponía que la nieve volvía a ser algo más espesa. Apartó la nieve del suelo con las manos y descubrió un suelo de hielo. Estaba sobre el río. Lo siguió arrastrando los pies para no perder el rastro del camino de hielo y buscando a tientas lo que sabía que encontraría tarde o temprano, hasta que por fin sus manos chocaron con algo tan duro como el camino que pisaba. Sonrió llena de felicidad y renovadas esperanzas y trató de rodear la cascada congelada para buscar el hueco que había tras ella, pero temblaba demasiado para tantear bien con las manos. Apenas había dado un par de pasos nerviosos cuando una mano cubierta con un guante de cuero marrón agarró la suya y la arrastró hacia el hueco que buscaba. En la seguridad de su escondite, pudo ver con claridad el rostro que no había desaparecido de su mente desde que le habían separado de él, y cuando fue a besarlo, de nuevo la mano de guante marrón la detuvo y le señaló la pared interior de la cascada congelada. Grabado en el hielo con algo afilado, tal vez un cuchillo o una navaja, había un corazón rodeando las iniciales de ambos y una flecha atravesándolo. Debajo, una inscripción: “Ni las frías guerras ni el duro invierno, podrán congelar el amor eterno ni los ardientes corazones de los lobos.”
Tras leer esa frase, los amantes pudieron volver a besarse y estar juntos al fin, y esta vez, nadie volvió a separarlos, pues huyeron a un pueblecito que se encontraba unos kilómetros más al norte, neutral y pacífico que convivía tranquilamente con las manadas de lobos que lo protegían, donde fueron bien recibidos y donde vivieron felices hasta el fin de sus días.
Tal vez penséis que es un final demasiado feliz e irreal, pero escasean en la realidad y la lectura es para evadirse de ella, ¿no?
No hay comentarios:
Publicar un comentario